¿Cuál es el idioma más importante en los estudios bíblicos, para la exégesis bíblica?

Una perspectiva crítica y no reduccionista

Prof. Héctor B. Olea C.



De entrada debo admitir que la pregunta planteada y que he puesto de título a este breve artículo, a muchas personas les puede parecer sin sentido, ilegítima, innecesaria, irrelevante (tal vez con base en la muy popular, pero errónea idea de que el hebreo es el idioma más importante no sólo para el estudio y exégesis de la Biblia Hebrea, sino incluso para el estudio y exégesis del Nuevo Testamento, para la exégesis de la Biblia como un todo); sin embargo, como pienso demostrar, creo que la misma es demasiado legítima, amerita ser tomada en serio, y demanda una respuesta seria y bien argumentada. 

Luego, desde nuestro punto de vista, creemos que el intento de darle una respuesta seria, consistente, no reduccionista y adecuada a la pregunta planteada, demanda que se tengan en cuenta las siguientes observaciones: 

En primer lugar, la Biblia tal y como la conocemos, compuesta por el canon de la fe judía (los libros de la Biblia Hebrea) y por el canon cristiano (los libros del Nuevo Testamento), es una construcción cristiana, fruto de la concepción cristiana que entiende que hay en el Nuevo Testamento una indiscutible continuidad, desarrollo y hasta maduración en los libros del Nuevo Testamento respecto de los libros de la Biblia Hebrea. 

Sin embargo y, en realidad, la Biblia está conformada por dos grandes secciones, cada una con sus particulares y especiales características tanto desde el punto de vista estrictamente lingüístico, histórico, político y sociocultural, como desde el punto de vista relativo a los marcos ideológicos y teológicos desde los cuales se escribieron el canon judío (el Tanaj, Biblia Hebrea, canon judío y no cristiano) y el canon cristiano (el Nuevo Testamento Griego, canon cristiano y no judío). 

En otras palabras, la Biblia, aunque concepto propiamente cristiano, es un híbrido de dos religiones distintas e irreductibles: la fe judía (la Biblia Hebrea) y la fe cristiana (el NT o canon propiamente cristiano).

Además, especialmente en relación al canon cristiano (comúnmente llamado Nuevo Testamento por los mismos cristianos), hay que tomar en cuenta y en serio la que fue la principal vía de acceso a los textos del canon judío (Tanaj, Biblia Hebrea) para los autores del canon cristiano (el NT griego), la Septuaginta (una traducción griega del Tanaj), así como la perspectiva cristológica desde la cual leyeron e hicieron suyo el canon judío (el Tanaj o Biblia Hebrea).  

En segundo lugar, el llamado «canon bíblico» en realidad consiste y supone dos cánones distintos e irreductibles: el canon judío (en hebreo y arameo), y el canon cristiano (en griego).

En tercer lugar, la Biblia Hebrea, desde el punto de vista judío y hasta no confesional, no necesita del Nuevo Testamento, y no continua en el Nuevo Testamento. Por supuesto, la respuesta cristiana será que esta afirmación no toma en cuenta el punto de vista cristiano. 

En todo caso, el que las comunidades cristianas no fueron las destinatarias originales de los textos de la Biblia Hebrea ni las que le dieron origen a los mismos, no está en discusión.  

En cuarto lugar, la afirmación de que el Nuevo Testamento es la ideal continuación de la Biblia Hebrea, su mejor concreción y su mejor conclusión, es sólo una premisa cristiana que no toma en cuenta el punto de vista de la fe judía.

En quinto lugar, el Nuevo Testamento necesita apelar a la Biblia Hebrea de una forma o de otra, apelación sin la cual no parece poder explicarse ni hallar sentido. De todos modos, conviene precisar que el Nuevo Testamento apela, asume e interpreta la Biblia Hebrea en clave esencial e indiscutiblemente cristológica. 

En sexto lugar, el canon judío, el Tanaj (llamado AT sólo por los cristianos), es un conjunto de libros no cristianos ni pre-cristianos, escritos desde una perspectiva estrictamente judía y no cristiana.

En séptimo lugar, el canon cristiano (el llamado NT por los cristianos), es un conjunto de textos estrictamente cristianos, no judíos, escritos en clave cristológica y no judía.

En octavo lugar, no es tanto que el Tanaj conduzca al canon cristiano, como que el canon cristiano se escribió apelando al canon judío, aunque por lo general, mediante la clásica traducción griega conocida como la Septuaginta.

En consecuencia, se considera legítimo hablar (en clave cristiana por supuesto) del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento, pero no a la inversa.  

En noveno lugar, la Biblia Hebrea debe ser asumida, traducida e interpretada como lo que es, un conjunto de textos propios de la fe judía.

Consecuentemente, no se le puede imponer a la Biblia Hebrea la visión, las premisas características y distintivas de la fe cristiana ni en su exégesis ni en su traducción. 

En décimo lugar, el Nuevo Testamento debe ser asumido, traducido e interpretado como lo que es, un conjunto de textos propios de la fe cristiana.

Consecuentemente, no se le puede imponer al Nuevo Testamento la visión, las premisas características y distintivas de la fe judía ni en su exégesis ni en su traducción.

En undécimo lugar, el llamado «contexto canónico» ejerce cierta violencia sobre los textos bíblicos y produce una descontextualización arbitraria de los mismos, aunque aparentemente favorable a la teología institucional que lo ha establecido, lo defiende e impone a ultranza.  

Sin embargo y, en honor a la verdad, ningún texto o libro de la Biblia surgió y se escribió supeditado al contexto canónico que finalmente se estableció después del siglo cuarto de la era común. 

Después de las oportunas y necesarias observaciones que acabamos de hacer (sin duda relevantes para el abordaje del tema que nos ocupa), retomamos el asunto principal de este artículo. 

Una realidad incuestionable es que el hebreo (en sus distintas etapas) es la lengua principal (sine qua non) y de mayor importancia para la lectura, exégesis y traducción del canon hebreo, la Biblia Hebrea, el Tanaj, pero no así para la lectura, exégesis y traducción del NT Griego. 

Luego, en virtud de que algunas pequeñas secciones del Tanaj fueron escritas originalmente en arameo, y además por las traducciones que se hicieron del hebreo al arameo de prácticamente toda la Biblia Hebrea (Tanaj), excepto de Esdras, Nehemías y Daniel; es el arameo (en sus distintas etapas) la segunda lengua en importancia para el estudio y exégesis de la Biblia Hebrea, y una vez más insisto, pero no así para la lectura, exégesis y traducción del Nuevo Testamento Griego. 

De todos modos, me parece oportuna aquí la siguiente observación de Julio Trebolle Barrera para la Crítica Textual de la Biblia Hebrea: “El estudio de los manuscritos bíblicos de Qumrán ha afianzado el valor del texto hebreo masorético, pero ha supuesto también la revalorización del texto de las versiones, en particular de la traducción de los LXX (y de la Vetus Latina), que en muchas ocasiones reflejan fielmente un texto hebreo diferente y más antiguo que el masorético” («La Biblia Judía y la Biblia cristiana», tercera edición actualizada, TROTTA, 1998, página 55). 

Consecuentemente, es preciso poner de relieve que una exégesis académica de la Biblia Hebrea, que tome en serio los principios y principales testigos del texto de la Biblia Hebrea, no debe perder de vista que el griego koiné es la legua propia del tercer testigo en importancia para el texto de la Biblia Hebrea, para la crítica textual de la Biblia Hebrea.

En orden de importancia, los principales cuatro testigos con que trabaja la crítica textual de la Biblia Hebrea son: 1) el texto masorético, principalmente el texto que sirve de base para la llamada Biblia Hebraica Stuttgartensia, el manuscrito B19 o Códice de Leningrado , 2) el Pentateuco Samaritano, 3) la Septuaginta, 4) el Tárgum o versiones arameas de la Biblia Hebrea.

Además, en lo que respecta a la importancia del conocimiento del griego koiné para la exégesis de la Biblia Hebrea misma (sin exagerar la importancia del testimonio de la Septuaginta para la crítica textual de la Biblia Hebrea), además de la evidencia ya presentada, está el hecho de que el Pentateuco Samaritano también contó con una versión griega, conocida como «Samariticón». 

Además, se plantea que en cientos de casos el texto del Pentateuco Samaritano coincide con el de la Septuaginta en contra del Texto Masorético («Métodos exegéticos», Kruger, Croatto y Míguez, Publicaciones EDUCAB, 1996, página 66 y 67). 

Por otro lado, es el griego koiné (en el marco de las distintas etapas de la lengua griega) la lengua principal para la lectura, exégesis y traducción del canon cristiano, el Nuevo Testamento Griego (NTG); esto así a pesar de la hipótesis de que al menos algunos libros del Nuevo Testamento fueron escritos en hebreo o arameo. 

De todos modos, un hecho incuestionable desde el punto de vista del estudio científico y académico del canon cristiano (el Nuevo Testamento), es que el griego koiné es la lengua original (sine qua non) y principal para la lectura, exégesis y traducción del canon cristiano (el Nuevo Testamento Griego), no el hebreo o el arameo ni ninguna otra lengua.  

Consecuentemente, la importancia del griego koiné es doble para la exégesis cristiana, para la exégesis del NT, en virtud de que fue la Septuaginta (una traducción del Tanaj al griego koiné), la principal vía de acceso a los textos del Tanaj para los autores del canon cristiano (NTG), y como lengua original del Nuevo Testamento mismo. 

En consecuencia, sin menospreciar ni poner en discusión el valor del hebreo y el arameo para la exégesis académica y científica del Tanaj o Biblia Hebrea; no es menos cierto que es el griego koiné el que nos permite leer y tener acceso al Tanaj relativamente en la misma forma y condiciones que los autores (hagiógrafos) del canon cristiano.

En tal sentido, si bien es hoy hemos de estar en guardia frente a todo intento de traducir el Tanaj en conformidad a las particulares y exclusivas perspectivas cristianas, privilegiando la traducción griega (Septuaginta), en detrimento del texto hebreo y arameo; no es menos cierto que para poder comprender la lectura que los autores del canon cristiano hicieron del canon hebreo (el Tanaj), se impone que podamos tener la competencia y la oportunidad de leer el Tanaj en la forma textual en que la leyeron los autores del canon cristiano: en griego. 

Así las cosas, por ejemplo, se comprende que sólo leyendo el texto de Isaías 7.14 en griego, tal y como lo hizo el autor del Evangelio de Mateo, podemos comprender la forma en que él elaboró su relectura de dicho texto, y por qué hace referencia a María como una muchacha virgen (Mateo 1.23).    

Consecuentemente, no parece metodológicamente justo cuestionar la lectura que hace de Isaías 7.14 el autor del Evangelio de Mateo, con base en el texto hebreo, ignorando que el mismo sustenta su relectura en un texto distinto al texto hebreo: la versión griega de Isaías 7.14. 

Luego, una cosa es insistir en que Isaías 7.14 debe ser traducido incluso en las versiones cristianas de la Biblia en conformidad al texto hebreo, que la exégesis y traducción de Isaías 7.14 debe supeditarse (como exégesis de la Biblia Hebrea misma) al texto hebreo de Isaías 7.14, y no a la Septuaginta, como para legitimar a Mateo 1.23, como para no hacer quedar mal al Evangelista Mateo, como para no dar pistas de incongruencias y falta de uniformidad en la Biblia (como hasta ahora ha sido dominante en las versiones cristianas de la Biblia); pero otra cosa muy distinta es insistir en que la exégesis y traducción de Mateo 1.23 debe conformarse al texto griego del canon cristiano (el Nuevo Testamento), por supuesto, poniendo de relieve la dependencia de Mateo 1.23 de Isaías 7.14 según la Septuaginta, y no según el texto masorético. 

En honor a la verdad, cualquier análisis crítico y científico de una cita o referencia que haya hecho uno de los autores o hagiógrafos del Nuevo Testamento a un texto de la Biblia Hebrea, debe procurar tener acceso a la forma del texto en la que se sustenta dicha cita o apelación: si en el texto hebreo o si en su versión griega. Evidentemente, esto significa que la persona que pretenda hacer dicho análisis debe conocer tanto la lengua hebrea como la lengua griega. 

En suma, la lectura, exégesis y traducción de Isaías 7.14 no debe supeditarse a Mateo 1.23, sino al texto hebreo mismo de Isaías 7.14; pero la traducción y exégesis de Mateo 1.23, no debe supeditarse al texto hebreo de Isaías 7.14, sino al texto griego de Mateo 1.23, y a la traducción griega que leyó Mateo de Isaías 7.14.

En resumen, el hebreo y el arameo son las dos lenguas vitales, principales e imprescindibles para la lectura, exégesis y traducción del Tanaj (Biblia Hebrea), como exégesis propiamente judía, no el griego koiné. 

Pero es el griego koiné, no el hebreo o el arameo, la lengua vital e imprescindible para la lectura, exégesis y traducción del canon cristiano (el NTG), en primer lugar, como lengua original del canon cristiano, y en segundo lugar, como la lengua propia de la que fue la principal y habitual vía de acceso a los textos del Tanaj o Biblia Hebrea para los autores o hagiógrafos del NT: la Septuaginta (la clásica traducción griega del Tanaj).   

En conclusión, el conocimiento no elemental del hebreo clásico y tener a la mano una edición crítica de la Biblia Hebrea, son recursos indispensables para realizar una verdadera exégesis, una exégesis crítica, académica y profesional de la Biblia Hebrea.

El conocimiento no elemental del griego koiné y tener a mano una edición crítica de la versión griega de la Biblia Hebrea, son recursos indispensables para poder evaluar el testimonio indirecto del segundo testigo en importancia después del Pentateuco Samaritano para la crítica textual de la Biblia Hebrea: la versión griega, la Septuaginta. 

El conocimiento no elemental del griego koiné y tener a la mano una edición crítica del Nuevo Testamento Griego, son recursos indispensables para para realizar una verdadera exégesis, una exégesis crítica, académica y profesional del Nuevo Testamento Griego.   

El conocimiento no elemental del hebreo clásico, del griego koiné, y el tener a la mano una edición científica de la Biblia Hebrea, de la Septuaginta, y del Nuevo Testamento Griego, son recursos indispensables para poder realizar un análisis crítico, justo, académico y profesional, en primer lugar, de la posible congruencia o incongruencia que pueda existir entre el texto hebreo y la versión griega de la Biblia Hebrea en relación a un texto específico de la Biblia Hebrea; en segundo lugar, de la posible congruencia o incongruencia que pueda existir entre la forma en que un autor del Nuevo Testamento cita, hace referencia o apela a un texto de la Biblia Hebrea y la forma que tiene el texto citado en la Biblia Hebrea y en la Septuaginta.

Jáirete, Shalom