Melquisedec

Sobre el nombre «Melquisedec» y las consonantes finales de palabra en la lengua griega

Héctor B. Olea C.

Una puntual y necesaria observación que jamás deberían perder de vista las personas estudiosas de las lenguas bíblicas, la pone de relieve Jean Claude Margot en su clásica obra «Traducir sin traicionar», cito: «Hay que guardarse de querer imponer a una lengua la estructura del genio de otra lengua» (Ediciones Cristiandad, 1979, página 60).

En tal sentido, llama la atención la forma en que los traductores de la Septuaginta (versión griega de la Biblia Hebrea, transliteraron muchos nombres propios hebreos, como observa Jean Claude Margot, con finales consonánticas insólitas en griego (página 59).

En efecto, puntualiza Jaime Berenguer Amenos: “Una palabra griega que no termine en vocal solamente puede terminar en «ni», «rho», «sigma», «psi» y «xi». Todas las demás consonantes desaparecen, menos la «mi», que se transforma en «ni»” («Gramática griega», página 26).

Ahora bien, para ilustrar lo que estamos diciendo respecto de la transcripción (transliteración) de muchos nombres propios hebreos en la versión griega, voy a analizar el tan conocido y popular nombre «Melquisedec».

«Melquisedec» es en realidad una castellanización, vía el latín, de la transliteración o transcripción griega empleada por la versión griega («Meljisedek») para reproducir lo que en hebreo es en realidad la combinación de dos palabras (sustantivos) que constituyen una unidad fonética y sintáctica: «malki-tsedeq» (La Vulgata: «Melchisedech»).

Por otro lado, en la transcripción griega «Meljisedek» observamos el empleo de la letra griega «ji» («j») para reproducir el valor fonético de la consonante hebrea «kaf» como fricativa o aspirada, en lugar de la «kapa» griega (en la sílaba «ji» a pesar de que se entiende que el sonido explosivo u oclusivo es el original, por ejemplo, Enrique Farfán Navarro, «Gramática elemental del hebreo bíblico», página 3).

Por su parte, la «Gramática del hebreo bíblico» de Paul Joun y Takamitsu Muraoka plantea que la discusión respecto de qué tan antigua es la aspiración es cuestión todavía no cerrada. En todo caso, plantea que Bergsträsser sugiere el siglo IV a.C. como la fecha más temprana para esta doble pronunciación (con el punto daguesh y sin el punto daguesh, página 29).

Además, la hipótesis de Kahle de que esta doble pronunciación fue una invención de los masoretas ha sido puesta bajo serio cuestionamiento, y se considera sólidamente refutada.

Luego, que la Septuaginta haya transliterado la letra «qof» (consonante final de la expresión hebrea «malki-tsedeq») con la «kapa» griega, es comprensible, en virtud de la equivalencia fonética que existe entre la «qop» hebrea y la «kapa» griega.

Análisis y explicación morfológica del sintagma o construcción hebrea «malki-tsedeq»

La expresión hebrea «malki-tsedeq» está compuesta por dos palabras (sustantivos). El primer sustantivo es «mélej» (rey), pero flexionado, o sea, con el sufijo nominal o pronominal de la primera persona común singular (yo), o sea, «malkí» (mi rey).

El segundo sustantivo que conforma la unidad fonética y sintáctica «malki-tsedeq», es «tsedeq», en estado absoluto, y que significa: “justicia”, “lo que es justo”. Consecuentemente, la expresión hebrea «malki-tsedeq» significa: “Mi rey que actúa con justicia”, “mi rey que hace lo justo”.

Consecuentemente, al margen de cualquier discusión de naturaleza estrictamente histórica, es preciso poner de relieve, aunque fuere como simple utopía, que resulta llamativo que la ciudad que tenía a «malki-tsedeq» como rey, fuera precisamente identificada como «shalém», una ciudad de paz, de retribución, bienestar y prosperidad (compárese Proverbios 28.12, 15, 28; 29.2, 14, 16).

Por supuesto, deriva «shalém» del verbo «shalám» («shalém»), que significa: terminar, acabar, quedar ileso, premiar, compensar, retribuir, cumplir un voto, ser recompensado, hacer la paz, estar en paz («Diccionario de hebreo bíblico», de Moisés Chávez).

Finalmente, si bien la transcripción griega «Meljisedek», como adaptación griega de una expresión hebrea, termina en una consonante extraña para la lengua griega; no es menos cierto que, después de todo, no se trata de una palabra propiamente griega, sino de una simple transcripción.

Después de todo, como muy bien observa Manuel F. Galiano en su clásica obra «La transcripción castellana de los nombres propios griegos», “la traducción de los nombres propios es totalmente inadecuada” (GREDOS, página 19).

Además, puntualiza Jean Claude Margot, no hay que olvidar que la Septuaginta, como traducción (respecto de la forma en que transcribió los nombres propios hebreos), estaba destinada ante todo a judíos de la diáspora que ya estaban familiarizados con la onomástica hebrea, así de sencillo.

¡Hasta la próxima!